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Despido disciplinario: ¿cuanto puedo agredir a mi jefe sin que me echen?

Miguel Ángel Manzano Fernández

24/03/10

Tenía pendiente de leer en mis Feeds una noticia de «ElMundo.es» sobre una sentencia de un Juzgado que conozco.

Los hechos enjuiciados son que el empresario confecciona una carta de despido por «continua y voluntaria disminución» del rendimiento en el desempeño de su cargo, entiendo que al amparo del art. 54.1,e) del Estatuto de los Trabajadores (ET). Cuando el empresario se dispone a entregarla, el trabajador, (cito textualmente la noticia leída, pero el subrayado es mío) «visiblemente alterado y alterando la voz» amenazó e insultó al jefe, al que llamó «cobarde» y «sinvergüenza», chocó su rostro con el de su superior, empujó a éste hasta que perdió el equilibrio y cayó al suelo y lanzó patadas de kárate al aire«. Ante esa actitud, al día siguiente remite el empresario burofax al trabajador reforzando la decisión de despedir sobre la base de los hechos que ocurrieron a la entrega de la primera carta de despido.

Añade la noticia:

«Sobre los motivos alegados por la empresa para el despido, la Sala de lo Social de Alto Tribunal andaluz, ambas partes presentaron un recurso de suplicación, considera que aunque el hecho de que el trabajador intuyera que iba a ser despedido no justifica su comportamiento, «sí por lo menos atenúa su gravedad«.

Agrega que «sin perjuicio de que el comportamiento del trabajador pudiera resultar acreedor de una sanción«, que en su caso pueda imponerle el empresario, «no es adecuada a tal comportamiento la imposición de la sanción de despido, que es la más grave que existe en el ámbito laboral».

La cuestión de fondo es la de valorar la gravedad de los hechos que fundamentan una decisión de despido. Dice el art. 54.1 del ET, sobre el Despido Disciplinario: «El contrato de trabajo podrá extinguirse por decisión del empresario, mediante despido basado en un incumplimiento grave y culpable del trabajador.  …  2,c) Las ofensas verbales o físicas al empresario o a las personas que trabajan en la empresa o a los familiares que convivan con ellos.

El despido disciplinario se basa en incumplimientos graves y culpables del trabajador, y es mayoritariamente compartido por la doctrina que esa gravedad y culpabilidad de los actos del trabajador se predican de todos y cada uno de los concretos actos relatados en la lista del punto segundo de dicho precepto. Una cosa sí tengo clara, al margen de que no se conozca cual era la concreta profesión u oficio del trabajador, y es que justificar un despido en esta causa es, cuando menos, complicado desde el punto de vista de la prueba. No es lo mismo despedir por no conseguir 5.000 tornillos al día, que por ser un «vago» como camarero en un bar. ¿Cómo probamos esto último? …

Pero respecto de la causa del despido por las amenzas e insultos al empresario… No coincidiendo nuevamente con los Juzgados, ni con el TSJ, entiendo que el comportamiento del trabajador es más que suficiente para justificar el despido disciplinario. Y lo es porque, como ha manifestado el TS (S. de 10 de diciembre de 1991, por ejemplo), las ofensas físicas revisten un carácter de gravedad intrínseco que la comprenden como causa suficiente de despido disciplinario, en la medida en que se rompen los principios más elementales de convivencia, respeto y buena fe que han de presidir las relaciones con el empresario y, añadiríamos, con cualquier persona. No sólo ha habido ofensas verbales desde el punto de vista más objetivo posible, también «animus iniuriandi» y, lo que es más reprochable, agresión física.

Bien es cierto que los tribunales han atendido a las circunstancias en relación con el trabajador para exculpar o atenuar la responsabilidad de éste mediando ofensas físicas, y en la misma sentencia del TS citada se trataba de atenuarla en la medida en que el trabajador estaba afectado por una crisis de ansiedad y un estado depresivo acreditados. En casos de ofensas verbales el criterio ha sido el de contextualizar las ofensas para determinar su gravedad, y más de un antecedente jurisprudencial en el TS hay (S. de 9 de abril o 16 de mayo de 1991). En este último supuesto de ofensas verbales se aprecia que la contextualización de éstas es determinante, y ello me parece correcto, pues no es lo mismo insultar al jefe en medio de una discusión sobre el rendimiento del trabajador con adjetivos de uso más o menos cotidianos, que pronunciar ciertas frases contra el empresario con un contenido claramente ofensivo y con un ánimo manifiestamente dañino, sean cuales sean las circunstancias. De lo que se trata es de apreciar si se rompe, o no, la convivencia con, y  después, de esa agresión verbal. En lo referente a las agresiones físicas, como ya se ha dicho, son intrínsecamente graves, por lo que los supuestos en que se aprecia una atenuación de la responsabilidad se deben a circunstancias personales del trabajador atinentes a un estado mental, psíquico, afectivo o emocional que evidencia una pérdida de control de éste como consecuencia de ese estado externo que influye y determina su capacidad de volitiva o de reacción frente a la situación de estrés en que se produjo la agresión.

Es decir, que respecto de los insultos, no es lo mismo llamar «hijo de…» al jefe en medio de una discusión airada entre ambos, sobre todo si el trabajador tiene una antiguedad respetable en la empresa, que comentar despectivamente si su  buena esposa ha tenido relaciones con tal o cual persona en el marco de un clima de rumores sobre tal tema, sin que venga a cuento. Claramente se quiere y se consigue ofender.

Y si la ofensa es física, salvo que haya una situación de estrés importante, enajenación mental, estado depresivo o cualquier otra análoga que relaje de forma notable y clara la capacidad de inhibición del trabajador frente al deseo de agredir, ésta determinaría la justificación del despido.

Volviendo al caso, no entiendo como la agresión física descrita, que es una reacción propia de la frustración del momento, típica de «niños de papá» y no de hombres hechos y derechos que asumen las situaciones y las tratan de forma civilizada y por los cauces adecuados, puede verse atenuada en cuanto a la responsabilidad. Si procedió así porque fue despedido, no veo la situación psíquica que coartó los mecanismos de inhibición del trabajador y permitió que saliese «la bestia» que llevaba dentro. Al contrario, con esta decisión judicial se ampara lo que no es más que la justificación sin sentido de comportamientos infantiles, maleducados y caprichosos de los «niños» de nuestra sociedad y del fruto de la educación en este país. Dígaseme si lanzar patadas de kárate al aire en la cara del empresario y amedrentarle porque me van a despedir, no es un comportamiento de «niño malcriado» que rompe, como se dice en mi tierra, «para los restos» la relación y la convivencia entre agresor y agredido.

Pero si desacertada me parece la decisión del Juzgado de lo Social de instancia, más me parece la del TSJ, que se está acostumbrando a «moldear» la jurisprudencia al aire que en cada momento le interesa y a hacer malabarismos jurídico. Me hace esto recordar algún supuesto cercano en que se corrigió por el TSJ la valoración de los hechos del caso realizada por el Juzgado de lo Social, en relación con un accidente de trabajo, de aquellos que se presumen por ocurrir mientras se está trabajando, sin que medie valoración errónea de documento o pericia alguna en el proceso, sobre la base de que «es una cuestión de orden público». En fin, absurdos de este tipo son los que llevan a aconsejar a los clientes que se negocie un acuerdo malo antes que un bonito juicio en el que te quitan la razón con argumentos cada vez más irrisorios. Y es que cuando se quiere hacer primar el valor «justicia» sobre el valor «seguridad jurídica», muchas veces se cae en el error de crear una «inseguridad jurídica» no deseable. Justicia sí, pero en su justa medida, valga la redundancia.

Es un tema que me gusta el de la confrontación «justicia» y «seguridad jurídica» sobre el que volveré en más de una ocasión.

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1 Comentario

  1. Ángel Manuel

    Buena reflexión, la comparto.